He sido profesor de filosofía de Institutos Nacionales de Enseñanza Media durante más de treinta años. Comprometido desde el comienzo con los movimientos de renovación de la enseñanza de la filosofía en Bachillerato, he tratado de hacer compatible mi pasión didáctica con la investigación rigurosa en torno a uno de los aspectos menos conocidos de la historia de las ideas: la pervivencia de la vieja tradición organicista y vitalista en los primeros creadores de la ciencia moderna.

Leibniz fue, sin duda, uno de estos pioneros; pero fue también, quizás, entre todos ellos quien con más ahínco quiso integrar bajo las conquistas del nuevo método científico la herencia de lo que él llamaba ‘philosophia perennis’, que no es sólo la genialidad de Arquímedes o de Eudoxo, ni tampoco sólo la abrumadora presencia de Platón, de Aristóteles o de Suarez, sino también otros muchos motivos, vivencias e intuiciones, que los ‘prisci theologi’, los metalúrgicos neoplatónicos, los alquimistas y kabbalistas medievales… hasta los ‘filósofos’ renacentistas habían aportado a una visión integradora del mundo. Frente a mecanicistas y atomistas, Leibniz quiso ensayar con el peso de esta Tradición una construcción unitaria indisoluble de Matemática- Física-Metafísica, que llamó ‘Sistema Nuevo’.

Pero la sagacidad omnívora de Leibniz es mucho más que lo que acabo de sugerir y su visión holística de la ‘summa rerum’ nos impide trocearlo, so pena de desvirtuar su pensamiento. La enorme potencia heurística de la noción de ‘mónada’, a veces tan pobremente resuelta en nuestra historiografía actual, exige de nosotros una hermenéutica muy peculiar, que es ajena a la interpretación que podemos hacer de otros contemporáneos del filósofo. No podemos leer la ciencia natural de Leibniz sin su visión política de la República ni ésta sin su proyecto panlogístico siempre inacabado de la Característica Universal y de la Scientia Generalis, lo que él también llamaba ‘Scientia Infiniti’. De manera que, nos guste hoy o no, necesitamos elaborar, para entenderle, una nueva noción de analogía cósmica o transversal, que pueda conducirnos “racionalmente”, decía él, “desde cualquier calle o plaza de la ciudad universal a cualquier otra”. Desde esta perspectiva, si fuera correcta, habría que preguntarse de nuevo si el ‘ordo geometricus’, que va de Descartes a Spinoza, es verdaderamente el último garante de nuestras certezas acerca de la ‘summa rerum’, ese universo infinito de sujetos vivientes irrepetibles que nunca es ni puede ser una totalidad.

Por comodidad metodológica, y a la espera de definiciones y análisis más precisos y críticos, me permito calificar de ‘Hermetismo Ilustrado’ a este fenómeno leibniziano, único, según creo, en la historia intelectual del siglo XVII. El término ‘hermetismo’ aplicado a Leibniz, por muy ‘ilustrado’ que se le quiera adjetivar, no tiene hoy buena prensa en nuestra Academia filosófica. Prefiero, sin embargo, mantenerlo a modo de invitación al debate o como hipótesis de trabajo. Liberado de obligaciones escolares y tras algunos años de intenso estudio, esta página online tiene el noble propósito de dar a conocer mis averiguaciones y tanteos y a la espera de recibir de quien con la misma nobleza lo desee la crítica, la refutación o, tal vez, la apertura de nuevos horizontes.

Colgaré aquí la referencia de mis trabajos anteriores ya publicados de forma convencional sobre estas materias. Iré insertando sucesivamente la traducción al castellano de algunos textos y opúsculos de Leibniz particularmente interesantes, acompañados de mis comentarios e interpretaciones; puede hacerse uso de estas traducciones siempre que se cite su autor así como el origen de las mismas y no se modifique su contenido. Colgaré también recensiones y noticias de mis últimas lecturas. Finalmente, pongo íntegro a disposición del lector interesado mi último trabajo, un voluminoso estudio bajo el título Leibniz. Matemática-Física-Metafísica. Sobre las correspondencias con Johann Bernoulli, Burcher de Volder y Jacob Hermann, que todavía no ha visto la luz, ni sé si la verá, en formato físico, con el amable ruego de que cualquier reproducción que de su contenido se haga, se tenga la bondad de verificar la cita y procedencia. Y con aquel estribillo con el que Leibniz solía despedirse de sus amigos corresponsales: “quod superest, vale, et fave..”