

Leibniz.Matemática- Física-Metafísica
Sobre las correspondencias de Leibniz con Johann Bernoulli, Burcher de Volder y Jacob Hermann
NUEVA EDICIÓN
Disponible en Amazon

«Unas cosas «dicen» a otras en sus «propios» lenguajes. El triángulo característico (infinito ideal) “dice» a la mónada simple (infinito actual), y a la inversa»

«He aquí el privilegio del continuo, que se descubre en el tiempo, en la extensión, en las cualidades, en los movimientos, y en todos los tránsitos de la naturaleza, que nunca opera por saltos»

«En último análisis se comprende que la Física no puede carecer de principios metafísicos. Pues, aunque pueda y deba reducirse a la Mecánica, en lo que estamos completamente de acuerdo con los corpusculares, sin embargo en las leyes mismas primeras de la Mecánica reside, además de la Geometría y los números, algo metafísico que atañe a la causa y al efecto, a la potencia y la resistencia, a la mutación y al tiempo, a la semejanza y determinación, mediante todo lo cual se verifica el tránsito de lo matemático a las substancias reales (…) Con todo derecho puede, pues, afirmarse que, aunque todo lo físico pueda reducirse a lo mecánico, sin embargo los principios mismos interiores de lo mecánico y sus leyes primeras no pueden explicarse de ninguna manera sin los principios metafísicos y sin las substancias exentas de partes»

«Las unidades…uno…uno…uno… son la realidad radical del mundo…son sujetos inviolables… son continua discontinuidad! Pero sin la materia extensa de los cuerpos en la que se expresan, las unidades serían pura fantasía imaginaria, desertoras del orden general del mundo. Así que la materia de los cuerpos, siempre fluyente, ha de definir en cada instante sucesivo el «situs» concreto de la actividad de la substancia simple. No hay substancia activa sin cuerpo extenso».

«La unidad es divisible en infinitas partes menores que ella (1/2…1/4… etc.), pero no es soluble en términos más simples que ella (…) Sólo lo uno es real; todo lo demás es cálculo»
Leibniz y el pensamiento hermético.
A propósito de las » Cogitationes in Genesim» de F.M. van Helmont
NUEVA EDICIÓN
Disponible en Amazon


Un viaje a través de la dimensión hermética del pensamiento de Leibniz a propósito de la participación del filósofo como «oyente-redactor» de las Cogitationes super Genesim de F. M. van Helmont (Amsterdam, 1697), cuando ambos, viejos amigos de muchos años, se encontraron por última vez (Hannover, verano de 1696) en el palacio de la Electora Sofía, antigua pupila y fiel amiga del teósofo belga.


Cogitationes es un libro complejo dentro de la aparente simplicidad de un comentario a los cuatro primeros capítulos del Génesis. Está surcado por la confluencia de distintas corrientes subterráneas, que van desde la tradición judía, principalmente la Kabbalah Luriana, la ciencia biológica de los Paracelsista y la recepción renacentista del
Neoplatonismo, que venía de Platón, Plotino, el Corpus Hermeticum y la especulación mística alemana, desde el Maestro Eckhart, Tauler, Nicolás de Cusa, Pico, Ficino… hasta los Platónicos de Cambridge.

Han pasado tres siglos desde aquellos sabrosos, cotidianos e interminables coloquios helmontianos… y muchos años desde mi primera fascinación por el inagotable, tan preciso y exacto como ambiguo y sugerente, pensamiento de un Leibniz que, en casi todo lo que intuía, miraba desde arriba —o desde dentro— tanto la vieja Tradición Organicista Neoplatónica como el futuro de la ciencia y del hombre o la fundamentación ontológica del sujeto irrepetible e inviolable, la mónada, como la base lógica binaria de lo que habría de ser la inteligencia artificial.

El principio está en el fin; el fin, en el principio.
EL TODO EL UNO

La naturaleza es uniforme en el fondo de las cosas y variada de formas infinitas el más y en el menos y en los grados de perfección: o sea, la mónada.


“Ser cuerpo no es una propiedad esencial de ninguna cosa” (…). “Todo cuerpo es
espíritu y nada más y sólo difiere del espíritu en que es más tenebroso” (…) “Todo
espíritu tiene necesidad de cuerpo para recibir y reflejar su imagen y retenerla” (…)
“Cuanto más grosero se hace un cuerpo tanto más se aleja de su grado de espíritu” (…)
“El cuerpo es la parte más grosera y el espíritu la más sutil de CADA COSA”.

La filosofía de Lady Anne Conway. Un proto Leibniz
«Principia Philososphiae Antiquissimae et Recentissimae»
NUEVA EDICIÓN
Disponible en Amazon

Inspirada en las elucubraciones de la kábbalah luriana y de los paracelsistas-helmontianos, Lady Conway (1631-1679), precoz lectora de Descartes en la Inglaterra latitudinaria, sintetiza en sus Principia Philosophiae Antiquissimae et Recentissimae, una radical cosmovisión vitalista y monista que es, a la vez, un alegato antidualista frente a Descartes, una encendida reivindicación espiritualista contra Hobbes y Spinoza, y una sagaz intuición, o quizás superación, de la futura monadología de Leibniz. No hay, para la vizcondesa, una distinción real, sino sólo modal o gradual, entre cuerpos y espíritus, que han de ser mutuamente convertibles: todo cuerpo es un espíritu condensado y todo espíritu un cuerpo sutilizado, y todos en el camino de la creciente perfección del universo. Es, además, este pequeño y esotérico opúsculo el precipitado cálido de una corta trayectoria personal de meditación y dolor.

“Cada sujeto de este mundo es un SINGULAR IRREPETIBLE. Contingencia.
Esencialismo. Convertibilidad radical de cuerpos y espíritus. “Yo no puedo convertirme
en ESE caballo, pero puedo convertirME en caballo”. “La diferencia entre cuerpos y
espíritus no es esencial sino sólo accidental o modal o de grado”. (…) “Por lo tanto, hay
dos clases de movimientos: uno local, exterior y fenoménico, como instrumento del otro
movimiento, que es vital, interior y fundante: la actividad misma de la Criatura
mundana en cada uno de sus singulares sujetos”
Leibniz. Variaciones sobre La Ciencia General. Textos.
Leibniz. Variaciones sobre La Ciencia General es el resultado de varios años de trabajo, con la intención de responderme a mí mismo sin prisas a la inquietante pregunta sobre la complejidad del mundo que subyace a la inagotable actividad científico-filosófica de Leibniz.
Disponible en Amazon

“La naturaleza nos muestra visiblemente algunas señales, según es su costumbre, a fin de ayudarnos a adivinar aquello que esconde”

Echa un vistazo
Libros

El último, quizás, de los Antiguos y uno de los primeros entre los modernos, Leibniz (1646-1716) concibió arriesgadamente el universo, y la ciencia que lo describe, como una explanada infinita, aquella ciudad simbólica, llena de calles y plazas, desde las que se puede salir y a las que se puede acceder desde cualquier rincón, una ciudad bulliciosa, poliédrica, poblada de vibraciones, resonancias y ecos producidos por sujetos únicos, irrepetibles e inviolables. Para ello, formuló técnicamente la imposible noción de lo infinito en términos finitos manejables, elaboró una potente ontología de las correspondencias entre sistemas, su ley de la continuidad, que hace operativamente idénticos los contrarios, y describió el inagotable e indiferenciado caudal de energía que conforma la secreta esencia de este mundo estallando o expresándose de las formas concretas más variadas, que a nuestra inteligencia es dado medir en los fenómenos que observamos. Analogías de analogías…in infinitum.
